Por Armando FUENTES AGUIRRE, “Catón”,
Cronista de la Ciudad.
Bueno, bueno, bueno
En Colima se dice que algo es bueno bueno bueno cuando es lo que los muchachos de ahora llaman “equis”, es decir, ni fu ni fa. La misma expresión usan los colimenses para aludir a una persona sin personalidad.
–¿Cómo es fulano?
–Pues... te diré... Es... bueno... bueno... bueno...
Tal regionalismo deriva de la homilía que pronunció en cierta ocasión un padrecito. Estaba casando a una pareja. La muchacha pertenecía a una familia de buena sociedad, con prosapia y –lo más importante–con dinero. Ya se sabe que el don sin el din no vale nada. La tal familia ayudaba frecuentemente al señor cura con donativos de consideración. El novio, en cambio, era un muchacho desconocido, de familia de clase media que no figuraba nunca en las páginas sociales de los periódicos. Gente de buenas costumbres, pero hasta ahí, sin roce y sin posibles. El amor, sin embargo, no suele considerar tales sin embargos, y un poco en contra de la voluntad de sus papás, pero al final con su permiso, la chica se casó con el muchacho.
Aquel sacerdote, amigo de la casa de la novia por la razón ya dicha, fue invitado a oficiar la misa de bodas. Llegado el momento del fervorín –así se decía antes– el padre encomió los méritos de la desposada, a quien –declaró– conocía desde niña. Dirigiéndose a ella le dijo:
–Tú, Fulanita, eres una flor, una estrella, una joya. un cielo azul, una mañana de sol, un oasis en medio del desierto, un vergel florecido. Te adornan incontables cualidades. Eres buena, virtuosa, modesta, inteligente, laboriosa, alegre, sencilla, recatada, prudente, generosa, humilde, pura, honesta, bondadosa...
Se volvió luego hacia el novio, a quien veía por primera vez.
–Y tú, Fulano –le dijo–, eres... bueno... bueno... bueno...
No encontró qué decir y continuó el sermón por otro lado.
Ahí nació la frase que los asistentes a aquella memorable misa se encargaron de propalar, y que la gente repitió con regocijo. Cuando no se sabía qué decir acerca de alguien, se decía:
–Es... bueno... bueno... bueno...
O sea, no hay nada qué decir acerca de él.
Mi tía Conchita, única hermana de mi padre, no era buena buena buena. Era buena. Sencillamente buena. Quiero decir que de ella se podía decir todo lo bueno que de una buena mujer puede decirse. Cumplía a conciencia todas las obras de misericordia, espirituales y corporales, que el buen Padre Ripalda enunció en su olvidado Catecismo. Su cualidad suprema, sin embargo, era la caridad con el prójimo. Nunca la oí murmurar de alguien; de nadie nunca la escuché hablar mal. Nos aconsejaba: “Si no pueden decir algo bueno de una persona, mejor no digan nada”. Eso nos hacía mantenernos en absoluto silencio acerca de bastante gente.
Desde luego no murmurar del prójimo es muy cristiano, pero mata la conversación. Al salir de la misa una señora le preguntó a su esposo:
–¿Viste a Fulanita, qué mal iba vestida?
–No la vi –confesó el señor.
–¿Y viste a don Fulano, con esa vieja 30 años menor que él, con la que se casó seis meses después de quedar viudo?
–Tampoco lo vi.
–¿Y te fijaste en la hija de los Mengánez, coqueteándole descaradamente en plena iglesia al hijo de don Zutano, porque es rico?
–No, no me fijé.
Estalló la señora:
–Bueno: ¿entonces a qué chingaos vienes a misa?