Por Armando FUENTES AGUIRRE, “Catón”,

                Cronista de la Ciudad.

                           En la ciudad de Durango

cuatro reales vale un chango

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         La frase liminar de estos renglones corresponde a un refrán antiguo que se usaba en México para hablar de la carestía. “En la ciudad de Durango cuatro reales vale un chango”. No hay changos en esa bellísima ciudad a la que por tantos y tan diversos motivos quiero bien. Cada vez que a ella voy regreso con la escarcela llena de cosas lindas. En esta última ocasión traje memorias de su gente.

         Los hermanos Villa... Dice don Salvador López que eran “dos hermanitos muy delgaditos, blanquitos, coloraditos, bien vestiditos, ya maduritos, que parecían esparraguitos”. Todos decían que eran muy finos de modos, pero en ese campo de la actividad humana yo aplico siempre la duda cartesiana y un sano escepticismo tomista –de Santo Tomás, el apóstol, no el aquinatense–, y me abstengo de opinar. A los hermanos Villa el populacho les gritaba a su paso por la calle:

         –¡Méndigos jotos! ¡Echan a perder el apellido!

         Se referían al de Pancho Villa, que según dicen, era muy macho. En eso no cabe la duda cartesiana.

         Tanto persiguió aquella reclamación a los dos hermanitos que acabaron por huir de Durango. Se establecieron en la Ciudad de México, donde todo se diluye en el anonimato.

         Supe también de un padrecito que fumaba como chacuaco. (Chacuaco, dicho sea entre paréntesis, es la chimenea de los ingenios o de los hornos para fundir metales. La palabra tiene origen tarasco: proviene de “chakuaku”, sahumerio). No sólo fumaba como chacuaco ese curita: además bebía como un cosaco. Justificaba sus fumadas y bebidas con un dicho de su propia invención: “Al cura que no fuma ni bebe vino, el diablo se lo lleva por peor camino”. Con todo respeto para la sotana yo creo que ese camino –aludía el señor cura a la mujer– es mucho mejor, más sano y más sabroso que la copita y el cigarro. Claro, sin abusar.

         He sacado de un viejo libro las recetas caseras más en uso en aquella colonial ciudad que dicen “de los Panchos”, porque de ahí son Francisco Zarco, Francisco Gómez Palacio, Francisco Castillo Nájera, el ya citado Pancho Villa y Francisco Sarabia, llamado en un poema “el glorioso aviador de glaucos ojos”. Aquellas recetas eran bien conocidas por nuestras abuelas: “cataplasma de cebolla morada frita en aceite y aplicada caliente sobre el pecho, extendida en lienzos de franela, para la bronquitis; lavativas de hojas de malva, o de jabón, para cortar la calentura; friegas de manteca de puerco con azufre para el sarampión; aceite mezclado por partes iguales con petróleo y aguarrás, para las reumas (supongo que ese mejunje era untado, porque bebido, qué joda); sebo de cabra caliente –perdón: sebo caliente de cabra– sobre la nariz, para el catarro; chiqueadores en las sienes para las punzadas o dolores de cabeza...”. Esos remedios daban aproximadamente el mismo resultado que las medicinas de hoy, y eran bastante más baratos. 

         Traje también de allá la letra de una canción antigua:

         “Son las tres de la mañana; / ya viene alboreando el día. / Acaríciame, mi Juana, / en tus brazos, vida mía, / hasta que toque la diana / el Dos de Caballería...”.