Por Armando FUENTES AGUIRRE, “Catón”,

                 Cronista de la Ciudad.

                   Una historia de sangre (I)

                                

         Este muchacho es joven y es apuesto. Egresado del Colegio Militar, tiene el grado de capitán. Ha sido enviado a Los Altos de Jalisco, donde aún merodean partidas de rebeldes tras de que se han apagado ya los últimos rescoldos de la Revolución. A la estación del tren van a despedirlo su padre, viudo, y su hermana, preciosa muchachita de 15 años.

         Uno de esos rebeldes a los que el capitán va a combatir goza ya fama de leyenda. Lo llaman “El Machete”, en parte porque es alto y es delgado; en parte porque se vale de esa arma para el combate cuerpo a cuerpo. Tiene un hermano menor que él. El hermano es un jaque bravucón que gusta de pendencias. Cierto día el capitán está en la cantina de un pequeño pueblo, bebiendo con amigos. El hermano del rebelde, borracho, le busca pleito, y desenfunda su pistola, amenazante. El capitán le da una bofetada y lo desarma. Ciego de ira el muchacho va contra el militar. En el forcejeo la pistola se dispara y el ebrio cae sin vida.

         Un mes después un grupo de rebeldes entra de noche al pueblo. Los forajidos irrumpen por sorpresa en el cuartel, apresan en su cuarto al capitán y se lo llevan. La gente dice que ha sido El Machete el que ha secuestrado al militar. Seguramente lo matará en venganza por la muerte de su hermano. Sale tropa a buscar al capitán, y no lo encuentran.

         Semanas después alguien llama a la puerta de la casa donde vive el padre del joven desaparecido. La criada abre la puerta, pero no ve a nadie. El que llamó, sin embargo, ha dejado una caja en el suelo. La recoge el dueño de la casa, y la abre. La caja está llena de sal. Entre la sal el padre ve, horrorizado, la cabeza de su hijo.

         Pasan algunos años. El Machete no es bandolero ya. Se ha acogido a la amnistía del Gobierno, y ahora está dedicado a la cría y la venta de ganado. Todos le temen, sin embargo, y él desconfía de todos. Nunca deja de lado su pistola y aquel machete que le dio fama de leyenda, y que lleva en su funda, a un costado, como quien lleva una espada.

         Casi nadie puede acercarse a aquel hombre feroz. De continuo lo rodea su guardia, un grupo de rancheros bien armados. Y es que El Machete no olvida sus robos y sus crímenes, y recela que alguien quiera cobrar venganza de él.

         Un día va a la ciudad, y en el paseo mira a una bellísima mujer. Ella le ha sonreído, o al menos al antiguo rebelde le pareció que le sonreía. La sigue hasta su casa, y luego le ronda la calle. Ella asoma la hermosa cara por el vidrio del balcón, y le regala una sonrisa.

         Al día siguiente pasa El Machete por ahí con uno de sus compañeros, el de mayor confianza. Le dice:

         –En esa casa vive la mujer con la que me casaré. No sé quién es, pero me he enamorado de ella, y voy a hacerla mi esposa.

         El otro palidece.

         –Machete –le dice a su amigo con voz sorda–. En esa casa fue donde dejé la cabeza del capitán aquél.

         (Continuará).