Por Armando FUENTES AGUIRRE

         Un niño pequeño apoyó las manos en el suelo para intentar una maroma.

         No la pudo hacer, y cuando quiso ponerse en pie se dio cuenta de que las manos se le habían pegado a la tierra. A la Tierra, mejor dicho.

         Logró por fin enderezarse, pero al hacerlo quedó con el planeta sobre él, sosteniéndolo precariamente.

         Ya lleva mucho tiempo –nadie sabe cuánto– en esa difícil situación. A veces se cansa, y los débiles brazos se le doblan. Entonces suceden terremotos, inundaciones o tsunamis. Eso también cambia el clima, sin que los meteorólogos puedan explicar por qué.

         Seguramente algún día el niño ya no podrá sostener el mundo –cada vez pesa más, por el aumento de la población–, y entonces dejará que el planeta caiga. Con eso caerá todo, lo mismo las tazas que las catedrales.

         Espero no estar aquí cuando eso suceda. Caería yo también, y a mi edad las caídas son muy peligrosas.

         ¡Hasta mañana!....