Coahuila es hoy uno de los estados más mencionados en las conversaciones sobre nearshoring. Las cifras son reales: miles de millones de dólares en inversión, plantas manufactureras que crecen en Saltillo y Ramos Arizpe, empleos que antes no existían. Pero hay una pregunta que pocos se hacen en voz alta: ¿estamos aprovechando realmente esta oportunidad, o solo estamos siendo un puente para que otros se enriquezcan?
El nearshoring no es un regalo. Es una ventana de tiempo. Las empresas vienen porque los costos son competitivos y la geografía tiene sentido. Pero los costos cambian, la tecnología avanza y la geopolítica es impredecible. Lo que hoy nos hace atractivos puede dejar de serlo en diez años.
La pregunta relevante para Saltillo no es cuántas plantas se están instalando —eso ya lo sabemos. La pregunta es qué estamos haciendo para que esas inversiones generen proveedores locales, talento local y tecnología local. Si en veinte años Coahuila solo sigue siendo un lugar donde ensamblan productos diseñados en otro lado, habremos desperdiciado la mejor oportunidad económica de esta generación.
El optimismo es útil. El optimismo sin estrategia, no.